Madrid, Anaya Touring, Col. “Guiarama”, 4ª ed. 2018 (1ª ed. 2008)

Una guía práctica y totalmente actualizada, ideal para realizar un corto viaje a Huelva y sus alrededores. La guía está dividida en cuatro apartados. En el primero, titulado Diez Indispensables, se propone una selección de los lugares, curiosidades y tradiciones de la zona que no hay que perderse: Sierra de Aracena y Picos de Aroche, Puestas de sol, Arquitectura blanca, Doñana, La romería del Rocío… El segundo apartado, Visita a la ciudad de Huelva, consta de tres capítulos: Huelva esencial, Ruta de la presencia inglesa y Otros lugares de interés. En cada uno de ellos se proporciona información detallada de los lugares más emblemáticos. También incluye un plano de la ciudad con los monumentos más importantes destacados. El siguiente apartado, Excursiones por Huelva, hace un recorrido por los lugares con mayor interés de la provincia: Ruta colombina, Sierra de Aracena, Cuenca minera de Riotinto, El Andévalo… Un útil mapa de carreteras de la provincia, al comienzo del capítulo, facilita la planificación de los desplazamientos. Finalmente, se incluye una amplia selección de restaurantes, alojamientos, direcciones de museos y monumentos, así como una exhaustiva información práctica para moverse por la zona.

Puestas de sol 

   Bien desde lo alto del Conquero o las arenas
doradas de Isla Canela, bien desde las terrazas
de Moguer o el castillo de Niebla, bien desde la
peña de Arias Montano o las dunas del Asperillo,
se puede asistir en muchos lugares de Huelva al
sutil espectáculo de la agonía de la luz.
   En todos los posibles escenarios —barrio
pesquero de Isla Cristina, parador de Ayamonte,
muelle de Riotinto— siempre es parecido el
ritmo cromático de las representaciones, el
despliegue pictórico de incendios y cristales.
Así lo señala en su Platero y yo el poeta Juan
Ramón Jiménez, maestro en la captación de esa
luz última que se posa en las fachadas: «Ahí
está el ocaso, todo empurpurado, herido por
sus propios cristales, que le hacen sangre por
doquiera».
   Lo que sucede es que el sol, redondo e
incendiado, prendido como una hoguera
circular, va cayendo poco a poco en la
profundidad del mar. Y en esa lenta
declinación, en ese ocaso rojizo y
milimétrico, en esa apoteosis de sangre y
resplandor, se esconde un mensaje estético
de altas calidades.
   Porque la agonía de la luz crepuscular ilumina
con su pincelada última las maderas de las
barcas que esperan en la playa su próxima
resurrección, las aguas temblorosas, los hierros
oxidados de los muelles, el ajado blancor de las
terrazas y hasta la finísima arena que guarda
en su memoria el recuerdo de las bocas
risueñas y los cuerpos tendidos.