Publicadas en revistas literarias y en el Diario de Burgos

Conjunto de artículos que glosan y recrean una serie de viajes realizados por tierras de Castilla por un grupo de amigos que aman la buena mesa y la mejor plática, el arte, la naturaleza y el paisaje. Y que tampoco rehúsan la compañía si se les ofrece, preferentemente si ésta resulta ser agradable y del género femenino.

Son viajes en bicicleta que recorren parajes especiales o rutas insólitas por tierras segovianas, burgalesas o palentinas. Que exploran páramos y bosques, claustros y ermitas, riberas y mesones. Y que a veces se empeñan en requebrar -con escasos resultados- a las mozas que enseñan las iglesias o a las hermosas mesoneras que dejan que se marchite su belleza entre prisas y platos.

Por el condado de MUÑÓ 

   El camino entre Sotillo y Lerma es de sobra conocido y no requiere glosa ni apenas
comentario. Baste decir que no falta una torre de iglesia, una tapia de adobe, una pared
de piedra, un otero atrevido, un surco ensimismado.
   Entre Lerma y Villahoz la frondosidad de los sotos ribereños constituye un
hecho paisajísticamente destacado. Escuadrones de chopos como ejércitos, otra
vez dispuestos en la historia a conquistar un nuevo imperio, aunque esta vez estético.
A partir de Villahoz y hasta Santa María del Campo, el chopo se humilla sobre el páramo,
se hace más pequeño y, en muchas ocasiones, se convierte en espiga. A veces, como
máxima expresión de altanería, se atreve a ser almendro y se planta a ambos lados
de la carretera para escoltar mejor el tiempo. Son almendros tristísimos,
que no saben si estirarse hacia el cielo o morir en medio del olvido.
   Por el este, la moneda naciente y redonda del sol iba abriéndose paso entre retazos
de neblina y entre las grandes dudas que siempre acompañan a todo nacimiento. La luz
incipiente y errática permitía divisar desde la carretera la enorme fábrica de la
iglesia de Mahamud, erguida como un proboscídeo gigante. No estaba previsto en ese
pueblo ningún detenimiento.
   Llegamos a Santa María del Campo con una luz adulta, cuando ya se distinguían los
perfiles y los campos. Esta villa conserva, además de la torre de la iglesia,
muchos otros vestigios de principalidad y señorío. Pueden verse estos signos en las
casonas y palacios, en la puerta del recinto amurallado, en los lienzos que todavía
se sostienen de la muralla antigua. La torre parroquial se levanta como una altísima
atalaya para vigilar atentamente el curso del Arlanza. Llena de figuras y de rostros,
de ventanas y óculos, de apóstoles que miran hacia la lejanía, se acompaña
de un festival de barandillas que corona una primera altura para asomarse a
lo inmediato. Notable abundancia de escaleras invita a la ascensión y al misticismo,
a la simple elevación de altura para mejor contemplar el horizonte o la longitud del
páramo.